
Píndola de Conocimiento. Alimentarnos es un acto de supervivencia. Los organismos vivos lo hacemos principalmente para conseguir energía y poder desarrollarnos. La alimentación que llevamos a cabo las personas depende de la edad que tenemos, la actividad física que desarrollamos, nuestro nivel socioeconómico, el lugar donde vivimos y cuál es nuestra cultura.
Sufrir Alzheimer o alguna otra demencia también tiene un efecto sobre la alimentación: de entrada, como es una enfermedad que, mayoritariamente, se sufre cuando llega el envejecimiento, va ligada a un cambio en el sentido del gusto y del olfato, tener problemas bucales y de vista.
Además, hay que añadir las consecuencias directas de la propia patología de la enfermedad. Como un signo habitual es la pérdida de memoria, la persona afectada puede ir olvidando si ya ha comido o bebido, haciendo que disminuya su ingesta, y por tanto, desarrollando una bajada de peso nada saludable. Y también, al contrario, puede sufrir una sensación de no estar nunca llena y comer fuera de horas y en exceso.
La pérdida de memoria también puede hacer que la persona afectada no recuerde como se cocinan algunos alimentos haciendo que su alimentación, si no interviene alguien, sea monótona y poco variada.
Además, otra consecuencia negativa puede llegar de la mano de una depresión, que es un efecto habitual en personas diagnosticadas. Un estado de ánimo bajo puede disminuir las ganas de comer.
En cuanto a las derivadas fisiológicas, es habitual que los afectados de Alzheimer sufran disfagia, que es una disfunción del proceso de deglución, es decir, de tragar. Existen dos tipos: a los sólidos y a los líquidos. La disfagia es más común en estados avanzados de la enfermedad, incluso puede ser la causante de la muerte de la persona si el líquido o el alimento llega a los pulmones, pero hay que tenerlo presente desde el momento del diagnóstico en el momento de planificar menús y tener cura de la persona afectada.
Como mejorar la alimentación
De entrada, hace falta que la persona afectada lleve, dentro de las posibilidades, una dieta equilibrada. Numerosos estudios han demostrado que llevar un estilo de vida saludable ayuda a retardar los primeros síntomas de la enfermedad, así que una vez hemos recibido el diagnóstico, tenemos que seguir con esta premisa para acompañar el proceso con el mejor estado de salud posible. También fijándonos en la hidratación.
Además, hay alimentos que pueden ayudar a desinflamar el cerebro. Cuando aparece una demencia, una serie de sustancias tóxicas afectan algunas neuronas del cerebro. Pues, con una dieta sana y equilibrada se puede ayudar a reducir esta inflamación. Por lo tanto, es recomendable comer verduras, carnes blancas, pescado (que es una fuente importante de ácidos omega-3 necesarios para el funcionamiento del cerebro), frutos secos, bebidas como el té verde, zumos naturales y sin azúcares, etc. Estos alimentos permitirán, también, mejorar el estado del sueño y el estado de ánimo, pero hay que recordar que ingerirlos no querrá decir cambiar el efecto de la enfermedad.
Por otro lado, tenemos que intentar cocinar platos que gusten a la persona afectada y convertir el momento de las comidas en una buena experiencia social. El gusto evoca más recuerdos que la vista, así que la comida puede ayudar a mantener el máximo de recuerdos. Como con todas las actividades que realizamos con personas afectadas, será bueno potenciar la autonomía, e ir adaptándonos a sus cambios.
Mantener la persona activa físicamente hará que el hambre aumente si es que ha habido una disminución del apetito y ser estricto con los horarios hará que se adapte mejor y sea más consciente de la actividad que irá a realizar.
Utilizar platos y vasos de colores llamativos en contraste con una mantelería clara ayudará a la persona en cuestión a encontrar los cubiertos rápidamente y percibir su utilidad. Crear un ambiente tranquilo y relajado también le ayudará a concentrarse mejor y disfrutar.
En cuanto a la textura de los alimentos, cuando la enfermedad ya esté en una fase muy avanzada, habrá que adaptarlos con texturas espesas y homogéneas teniendo en cuenta el grado de disfagia que esté sufriendo. Debemos tener en cuenta que hay muchas variedades de texturas que la persona en cuestión puede tolerar y que se pueden ir adaptando según cómo lo digiera. Es decir, no hace falta que toda la comida esté triturada si todavía es capaz de comer cosas más blandas como una croqueta aplastada, una tortilla o pescado blando.
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Este contenido cuenta con la colaboración del Ayuntamiento de Barcelona.

