Píldora de Conocimiento en colaboración con Enruta’t. El género es un constructo social y a la vez una categoría normativa – en constante transformación – que nos atraviesa a nosotros y a nuestras relaciones, y que determina las identidades de hombre y mujer como binarias, únicas e inamovibles. A partir de un marco cultural e histórico concreto, se utiliza para explicar cómo, en función de nuestro sexo biológico, se nos otorga una identidad concreta y una manera de ser, expresar, actuar y sentir. Esto nos limita, reproduce las desigualdades de género y discrimina todas aquellas personas que se atreven a salir de la norma. En resumen, es un concepto que, junto con otros ejes como la raza, la clase o las capacidades, acontecen herramientas de dominación.

Cuando hablamos de los cuidados, este constructo está muy presente, puesto que mayoritariamente recae en el femenino. El porqué de esto tiene que ver con los imaginarios, los mandatos y sobre todo con la educación, con la socialización de género. Nos referimos a la asunción de una serie de valores socialmente considerados femeninos que responden a las tareas de cuidados: la escucha activa, la empatía, la sensibilidad, la aceptación de las vulnerabilidades, etc. Cuando todo esto se nos atribuye a las mujeres, la sociedad da por hecho que lo asumimos de manera innata, y también gratuita o bien por un precio irrisorio (y en estos casos a menudo lo entomen mujeres migradas o racializadas), hecho que perpetúa desigualdades económicas y sociales.

 

El cuidado de personas con demencia dentro del entorno familiar

En el cuidado de personas con demencia, y según datos del Alzheimer Disease International, el 70% de las personas cuidadoras son mujeres y llegan a acumular más de 133.000 millones de horas no remuneradas en el año. Y esto que la demencia afecta de manera desproporcionada al género femenino, que también sufrirá los efectos de manera más severa.

En el mismo informe se señala como además, las mujeres, las hijas y las nueras de las personas afectadas (las familiares más comunes que se hacen cargo) son más propensas a sufrir cuadros de estrés y agotamiento en comparación con los hombres cuidadores. El cuidado de una persona dependiente tiene un fuerte impacto físico y emocional y se asume como una carga familiar más a la que ya tiene adquirida.

De hecho, antes de la llegada del diagnóstico ya se puede observar cómo será una mujer de la familia quien asumirá el rol de persona cuidadora principal, porque los pasos previos al informe médico final también requieren que alguien haya asistido a la persona afectada en los primeros indicios de la enfermedad. Es la misma que se dará cuenta antes de los cambios de comportamiento y quien lo acompañará a todas las visitas médicas.

En cambio, cuando es el hombre quien asume las tareas de cuidado, las dificultades son diferentes, puesto que se encuentra asumiendo un rol que no ha hecho nunca y, en el supuesto de que sea cuidando a su mujer, girando completamente los papeles. La experiencia acompañando a familiares cuidadores desde Alzheimer Catalunya Fundación nos ha permitido ver también que el hombre encuentra más complejidad al gestionar el sesgo emocional que supone la cura de alguien dependiente y las consecuencias de la enfermedad, y poco tiempo para irse adaptando. Además, tiene más dificultades para pedir ayuda y pocos referentes alrededor con quién apoyarse.

 

Visibilidad y reconocimiento

Aun así, los últimos años la visibilización y reconocimiento de los movimientos feministas han permitido que se pusiera el foco en cuestiones como la división sexual del trabajo o el cuestionamiento de los cuidados como ámbito únicamente femenino o feminizado.

Aun así, se tiene que tener en cuenta la intersección entre el capitalismo, el racismo y el patriarcado, y es que si bien gran parte de la sociedad es consciente de la necesidad de repartir las tareas reproductivas, es importante entender como estas están atravesadas por las dinámicas capitalistas que las ningunean y las invisibilizan. Cuando hablamos de los cuidados hacia una persona dependiente, nos damos cuenta de cómo puede ser que esta se delegue a una tercera persona -tal como hemos dicho antes a menudo migrada o racializada- si la familia no se puede hacer cargo porque también tiene obligaciones laborales. Le encomendamos una tarea no solo física sino también emocional entrando en un tipo de cadena global de curas en que nadie se hace cargo de su gente.

Parece, pero, que últimamente se está poniendo el foco en el bienestar emocional y la salud mental, cosa que nos abre algunas rendijas hacia la demanda urgente de podernos cuidar nosotros para poder, después, cuidar de las nuestras. Y esto querría decir tener tiempo y energías para poder atender las personas dependientes que queremos, y no tener que cargar con el peso no solo del trabajo, sino también del malestar y la culpa de no poder estar a su lado como querríamos.

 

En Enruta’t trabajan para que esto no sea así y los cuidados se pongan en el centro del debate social. Acompañan procesos vitales desde la infancia hasta la adultez y la vejez, y lo hacen desde una perspectiva feminista integral. Trabajan la prevención, el abordaje y la reparación de las violencias machistas, sexuales, en las redes, etc., desde una perspectiva positiva y restaurativa que se aleja del discurso del terror y del punitivismo como herramientas para acabar con estas. Su tarea, tanto en el acompañamiento individual, de pareja y familiar, como en los talleres y formaciones, pretende poner los cuidados en el centro siendo conscientes del peso del sistema, y generando así, herramientas individuales y colectivas para combatir todo aquello que impide hacerlo.

 

Este contenido cuenta con la colaboración del Ayuntamiento de Barcelona.